Una niña pequeña paseaba a través de un campo de girasoles.
Era un día soleado a primera hora de la mañana y la niña notaba el frescor de los pies desnudos sobre la hierba.
Las pipas dibujaban, en el corazón negro de los girasoles, graciosas caras que le sonreían al pasar.
Vió algunos girasoles con la cabeza aún agachada, estaban durmiendo tan ricamente.
Otros se giraban hacia el sol, nutriéndose de un buen desayuno.
¡Algunos eran más bajitos que ella y otros eran más altos que su mismísimo padre!
Le encantaba ese lugar donde sólo encontraba, de vez en cuando, algún pájaro que le amenizaba con alguna canción.
Allí vivía la niña mil y una aventuras y el tiempo pasaba volando.
Para ella, cada girasol era diferente y especial.
¡Y, lo que más le gustaba, es que nunca antes había visto unas plantas que se moviesen con tanta gracia!
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