jueves, 22 de enero de 2015

Al norte de Arizona

Somos hormigas en su inmensidad,
visitantes temporales que observamos,
 sin comprender totalmente su significado.
Existen otros habitantes escondidos entre esas rocas que tengo delante.

El silencio abrumador se rompe cuando unos cóndores realizan su baile en el cielo azul intenso.
Los presentes en el lugar nos sentimos como niños ante un regalo que no esperas.
Sin ser conscientes de que esa vida que se despliega ante nosotros no es nada extraordinario en sí.

Es el mirador de nuestra propia historia, la de nuestro planeta.
Las rocas nos hablan un lenguaje que nos sobrepasa.
Como si nos quisiesen comunicar una verdad atemporal.

Nosotros necesitamos museos, placas descriptivas y mapas.
Pero, al llegar allí, se usa otro idioma.

También existe el viento, las hojas caídas y el manto de nieve.
Y, por supuesto, los colores cambiantes del amanecer y el atardecer.

No hay diccionario que lo pueda traducir ni dioses a los que venerar.
La fuerza que lo creó en su momento escapa a nuestra imaginación, aunque no está tan lejos de nuestra esencia.

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