los caballos estaban cansados
y las armaduras, durante la noche,
se habían oxidado.
Aún así, decidió el caballero partir.
Ya había amanecido,
y no tenía ganas de contemplar esos detalles.
Ya cambiarían los vientos,
ya encontrarían un lago,
donde los caballos pudieran reposar.
Los demás le siguieron,
sin voluntad ni destino.
No eran dueños de sí mismos.
Y, poco a poco, el tiempo le dio la razón,
las ganas volvieron al batallón.
Limpiaron las armaduras,
mientras descansaban al fin.
Preparados para proseguir el camino,
donde todo está aún por vivir.
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